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Recorrido |
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Mezquita de Caín |
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—Así que sabe dónde
está el Sod ha-Eda.
—Sí, está en algún
lugar de una mezquita próxima a Hebrón.
—¿En una mezquita?
—preguntó Alperon, sorprendido.
—Eso digo, en una
mezquita.
—¿En el Santuario de
Abraham?
—No, en otra mezquita
que se llama Nebi Yakin. En una mezquita más pequeña que está al
sureste de Hebrón, cerca de un pueblo que se llama Beni Naim —dijo
Reverter.
—Ya.
—En una mezquita que
está consagrada a Caín —dijo el catedrático.
—¿Consagrada a Caín?
—preguntó Alperon estupefacto sin que dejaran de palpitarle los
músculos de la cara.
—Sí, consagrada a
Caín. ¿Le sorprende? —preguntó el catedrático.
—Es curioso. Toda mi
vida he oído hablar de los miembros de la Congregación del Hijo como
cainitas y ahora resulta que su Secreto está oculto en una mezquita
consagrada a Caín —musitó el viejo.
—En el dintel de entrada hay una inscripción cúfica.
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Ceremonia de la
pulsa denura |
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—¿Has visto alguna vez
la ceremonia de una pulsa denura, Sharon?
—No.
—No tengo palabras
para describírtela. Es algo… sobrenatural. Tras presenciar juntos la
maldición, los Topaz me explicaron qué era la Kibutza y la
Congregación del Hijo, y que Itamar era uno de los Doce. Sara no
dijo nada, pero ella entonces sabía que su padre le ordenaría
ejecutar esa pulsa denura. Tu madre no quería hacerlo…
Entiéndeme, respetaba a su padre, incluso en cierta medida compartía
sus creencias, pero no era capaz de hacerle daño a nadie, y mucho
menos de matar a un rabino. No sé si te das cuenta del dilema que
afrontaba Sara. Había recibido una orden suprema de su padre. Si no
la cumplía, las consecuencias para la familia serían impredecibles.
Pero la idea de asesinar a sangre fría a alguien se le hacía
insoportable. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Adelante.
—Has dicho que eres
ejecutora de la Kibutza. Supongo, entonces, que has cumplido con
alguna pulsa denura, ¿no?
—Varias de ellas.
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Placa de Shmuel
Hasardi |
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El catedrático se
metió la mano en el bolsillo de la pechera y sacó un papel que
colocó delante de Andrés. Era media cuartilla en la que alguien
había escrito a mano cuatro renglones. Le espero el sábado a las
11 de la noche bajo la antigua lápida del rabino Shmuel Hasardi.
Venga solo. Me gustaría conversar con usted sobre un asunto que nos
incumbe a los dos. Un amigo.
Andrés leyó la nota dos veces y al terminar levantó la vista. Era
obvio que el profesor Reverter aguardaba una explicación, pero
Andrés no tenía ninguna. No sabía de qué iba aquel mensaje ni tenía
nada que ver con él. El catedrático escrutó en silencio sus gestos y
examinó las palabras de su interlocutor, y cuando pareció llegar a
una conclusión dirigió la vista hacia la fuente de Canaletas durante
unos segundos y aspiró con alivio el aire contaminado del centro de
la ciudad.
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Portada del Génesis en
hebreo |
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Hasta aquí, un asesinato más en una ciudad donde no faltan los
crímenes, escribía con cierto tono melodramático el periodista, si
no fuera por un detalle: junto al cadáver del señor Finkelstein, el
asesino había dejado un ejemplar del Génesis y un papel con la frase
En el principio creó Dios escrita en francés. Lo que
convertía la muerte de Finkelstein en un asunto del máximo interés
era que su asesinato era el cuarto de una serie que había empezado
el mes de marzo en Nueva York y proseguido en Ámsterdam y París. En
todos los casos, las víctimas eran judíos y junto a ellos apareció
un ejemplar del Génesis y la frase En el principio creó Dios. |
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Primera página del
Evangelio de san Juan |
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—Efectivamente. Pero
aquí es donde entra en juego el Evangelio de san Juan. ¿Ha leído
usted el Evangelio de san Juan? –preguntó el catedrático sin
demasiada esperanza.
—Hace mucho tiempo. De
niño mis padres me llevaban a la catequesis.
—Entonces quizás
recuerde el desconcertante principio de ese Evangelio, tan diferente
de los otros tres. Y es distinto porque en contraste con los de
Mateo, Marcos y Lucas, san Juan tenía profundos conocimientos
gnósticos. Los eruditos sostienen que san Juan era un gnóstico más
de los que abundaban en su época.
—No, no recuerdo el
principio del Evangelio de san Juan —admitió Andrés.
—Pues sus dos primeros
versículos son claves para comprender todo el Evangelio y además
están relacionados directamente con la Congregación del Hijo. Dicen
así: En el principio era el Verbo (que quiere decir En el
principio era la Palabra), y el Verbo era con Dios, y el
Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Y el
versículo 14 dice: Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre
nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre),
lleno de gracia y de verdad —recitó de memoria el catedrático.
—Es decir, que el
inicio de la Biblia ya adelanta la existencia de un hijo de Dios
–aventuró Andrés.
—En efecto, el Antiguo Testamento empieza anunciando la
preexistencia del hijo. Cuando san Juan dice que en el principio
era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era
en el principio con Dios se está refiriendo específicamente a la
lectura fonética de lo que se dice en el primer versículo del
Génesis, donde, efectivamente, la palabra hijo aparece junto a la
palabra Dios, e incluso antes que la palabra Dios.
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Universidad hebrea de
Guivat Ram |
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—Me han puesto a un
vigilante que ahora está en la sala general. Salgamos sin perder
tiempo. Creo que podremos despistarlo.
Rápidamente dejaron la
sala, bajaron las escaleras, pasaron junto al control de seguridad,
abandonaron el edificio, atravesaron el campus y salieron por la
misma puerta por la que habían entrado unos minutos antes y que era
el único acceso a la Universidad Hebrea de Givat Ram. Clara condujo
al catedrático a un vehículo que estaba en un aparcamiento de la
zona y se puso al volante.
—Vamos bien de tiempo
—dijo Reverter mirando su reloj.
—Son casi las once y
cuarto —dijo Clara.
—La cita es a las
doce.
—Lo mejor es que demos una vuelta por el centro de la ciudad para
comprobar que nadie nos persigue —dijo Clara.
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Pont au Change de
París |
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Para salir de Le Marais regresó por las mismas calles que había
recorrido unos minutos antes. En otro tiempo Le Marais había sido un
terreno pantanoso, de ahí le venía el nombre, y después había
albergado a la comunidad judía de París pero recientemente la
proporción de judíos se había reducido drásticamente. Por la calle
de Rivoli alcanzó el Boulevard Sébastopol y unos metros más adelante
se detuvo. Estaba en la centro del Pont au Change. A sus pies el
Sena fluía en calma. El único movimiento era el de una pinaza color
borravino precariamente iluminada que navegaba por el río. Sharon
respiró. En el cielo se intuía una débil mancha rosada orientada
hacia poniente. Ahora ya había luz en la mayoría de los hogares.
Abrió el bolso, extrajo la pistola, el silenciador y los guantes
blancos y los arrojó al Sena, pero no llegó a oír ningún ruido.
Seguramente la pistola descansaría para siempre en el fondo del río
y a los guantes se los llevaría la corriente. Esperó un rato en la
misma posición. Cuando la pinaza hubo cruzado el Pont au Change
retomó el camino hacia el hotel. Para entonces el cielo estaba
oscuro. |
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San Juan de Acre |
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—No, me lo voy a
quedar en garantía. Espero no volver a tener noticias suyas o de la
Kibutza. Mi relación con la organización ha terminado.
—¿Qué vas a hacer con
el libro?
—El libro es mi
garantía de que cumplirá mis instrucciones —dijo Laura.
Alperon descendió y
cerró la puerta. Inmediatamente Andrés apretó el acelerador.
—Ahora vamos a ver a
Haim Huss —dijo Laura.
—Vive en San Juan de
Acre…
—Pues vamos allí.
—De acuerdo.
Entraron en la
autopista del norte y los dos permanecieron en silencio hasta Tel
Aviv. Al pasar bajo el puente Ha-Shalom Andrés consultó el reloj del
coche y vio que eran la una y media pasadas de la madrugada. Laura
le dio algunas indicaciones para tomar la autopista de la costa que
conducía a Haifa y enfilaron hacia el norte.
—¿Quién es Haim Huss?
—rompió el silencio Laura.
—Creo que es un amigo de tu familia.
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Mea Shearim |
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—¿La muerte del rabino
Yaakov Persky significará el final de la Congregación del Hijo?
—preguntó Andrés.
—No lo creo. En el libro de Persky que Clara y yo encontramos en la
librería de Mea Shearim se adelanta quién será su sucesor. Es algo
que debe permanecer secreto y con lo que no podemos jugar si no
deseamos poner en peligro la vida del nuevo rabino. No, la milenaria
cadena de la Congregación del Hijo no se romperá. Quizás hemos
pecado de ingenuos, o mejor, quizás yo fui un ingenuo al pensar que
la guerra de las sectas podía terminarse si descubríamos quiénes
eran los jefes de la Congregación del Hijo y de la Kibutza y, sobre
todo, si encontrábamos un objeto que pusiera fin de manera objetiva
al debate sobre el inicio del Génesis… Ahora me doy cuenta de que la
fe es una fuerza superior para quien la posee, una fuerza capaz de
superar cualquier adversidad, y que por definición es antagónica a
la razón. Probablemente el viejo Alperon estuviera en lo cierto y no
puedo escapar de mis prejuicios cristianos…
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Palacio de los
Caballeros |
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Sobre el angosto dintel de piedra rosada de Jerusalén había una
leyenda en negro escrita en árabe e inglés. Qasr al-Fursan,
KNIGHTS’ PALACE. Una traducción válida y correcta, aunque
también se hubiera podido traducir qasr por castillo o
fortaleza y no por palacio. Para el caso daba lo
mismo. En inglés estaba en letras mayúsculas, en árabe no. El
profesor Reverter conocía la inscripción de memoria. |
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Barrio parisino de Le
Marais |
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Pero Sharon, que lo
apuntaba con la pistola, no había acudido a Le Marais a robar. El
viejo no sabía cómo actuar y al final optó por permanecer en el
suelo.
—No me haga daño
—suplicó.
La mujer no contestaba
y lo miraba con la pistola apuntándole a la cabeza. El anciano
detuvo un momento su mirada en el rostro de Sharon y vio unos ojos
opacos e inexpresivos.
—No hay cosas de
valor, pero puede llevarse lo que quiera —insistió.
Entonces sonó un ruido seco, semejante al de un saco de harina
cayendo desde dos o tres metros de altura. El proyectil se alojó en
la cabeza del anciano. El cadáver quedó inerte y extendido, formando
un dibujo curioso. De la nariz, que estaba casi pegada al hombro
izquierdo, manaba un hilo de sangre que rápidamente formó un charco.
Durante unos segundos Sharon aguzó el oído para cerciorarse de que
el ruido no había causado extrañeza entre los vecinos y guardó la
pistola.
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Vista desde Yabal
Muqabbar |
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Andrés asintió y
ocultó la mano de la que le colgaban las esposas en el bolsillo del
pantalón. Laura lo guió entre los turistas y los militares hasta el
mirador propiamente dicho, una terraza artificial separada de la
pendiente de la montaña por una barandilla.
—Esto se llama Yabal Muqabbar, y es uno de mis lugares favoritos en
Jerusalén. En una traducción libre, podríamos decir que significa la
Montaña de las Tumbas.
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Beit Hanina
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—Ahora entramos en Beit Hanina, un barrio árabe de las afueras de
Jerusalén —anunció Clara, como si ese paseo nocturno forzoso formara
parte de un tour turístico por la ciudad. Circulaban por una amplia
calle partida en dos por una mediana. A ambos lados se alzaban casas
y comercios, y abundaban las luces de neón verdes que identificaban
las mezquitas. Había más gente en las calles y más coches circulando
que en Jerusalén este, pero a Andrés los solares en los que se
acumulaban desperdicios, la arenilla que invadía el asfalto y el
humo negro que surgía de algunos contenedores de basura le daban una
impresión de abandono que no encajaba ni con la imagen de una
Jerusalén milenaria ni con la reputación de eficacia israelí que el
joven traía consigo cuando empezó su viaje. |
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